Aquí un video vocacional editado por la Conferencia Episcopal Norteamericana. Como diría alguien de la raza: P'a que se den un quemón de lo grande de ser sacerdote (a ver si alguien de mis cuatro lectores se anima, jejejeje)
Porque sin el fuego la luz se apaga, las sombras crecen y los enemigos acechan... cuidemos el fuego
martes, 18 de septiembre de 2007
martes, 4 de septiembre de 2007
Una reflexión extraña… y triste.
Hace unos días, su servidor, estando de vacaciones, estaba disfrutando de la compañía de unos amigos sacerdotes, y acordamos vernos en un conocido centro comercial de la ciudad de Monterrey. Este lugar se precia de tener – cosa rara en este tipo de lugares – una capilla donde habitualmente se celebra la misa, según lo escrito en los carteles dispuestos a la entrada de la misma. Una iniciativa que, hasta aquí, merece elogios para quienes se preocuparon – quiero pensar que lo dueños – de tener este espacio en un sitio donde, obviamente, no se va a encontrarse con Dios como intención principal. Hacer al Señor encontradizo para que el otro “se lo tope” es labor de todos los cristianos, sobre todo, claro está, con nuestra forma de vivir.
Sin restarle mérito a lo anterior, hay algo que, tristemente, empaña dicha iniciativa, de por sí buena. La capilla está, digamos, escondida, fuera del tráfico habitual de la gente dentro del espacio comercial y, por lo mismo, solamente se topan con ella dos tipos de personas: las que intencionalmente se dirigen a ella… o quienes van a los sanitarios. ¡Sí! El mismo pasillo lleva a quien quiera deliberadamente transitar por él, por un lado, a la puerta de la susodicha capilla y, por el otro, a las entradas de aquellos lugares a quienes la necesidad fisiológica que ustedes suponen reclama.
El sitio del culto junto al lugar de la necesidad fisiológica… ¿No hacemos eso mismo con Dios en nuestras vidas – cuando menos, en ciertas ocasiones – al ponerlo en el rincón, en ese sitio medio apartado, en el lugar a donde vamos cuando la “necesidad espiritual” – una enfermedad, un consejo, una ayuda divina, un milagro – apremia? ¿No reservamos el tiempo de encuentro con el Señor para cuando “nos den ganas”, como en otras muchas otras cosas “de ganas”?
No quiero caer en una injusta generalización. Sé que hay muchos fieles cristianos y católicos que se esfuerzan cotidianamente en poner al Señor en el centro de sus vidas, de sus intereses, de sus proyectos, de sus anhelos, de su mente y su corazón. Pero acaso – sólo es un pensamiento, algo que se me ocurre – y, ¿no será esta capilla junto a unos sanitarios un indicativo, un botón de muestra de lo que pasa en el común de la sociedad secular, casi atea, sin credo, sin ideologías – según esto, para que quepamos todos, creamos lo que creamos, como en escuela pública – que ha “arrumbado” a Dios, a la fe, al rincón, para “usarla cuando venga la necesidad”? ¿Qué pasó con la fe de aquellos hombres y mujeres que, cuando fundaban una comunidad – como pasó con la nuestra, cuando se mudó a su sitio actual – primero buscaban el sitio para el templo y, luego, a partir de éste hacían el trazo de todo lo demás?
“Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo.” (Mt 5, 14-16). Hacer brillar la luz que hay en nosotros, para que el mundo sea llenado por esa luz, que es Cristo. No podemos conformarnos con la capilla junto a los sanitarios, en el pasillo escondido. Debemos poner al Señor en el centro de nuestras vidas, de nuestras comunidades. El rincón no va ni con Cristo ni con los cristianos.
Sin restarle mérito a lo anterior, hay algo que, tristemente, empaña dicha iniciativa, de por sí buena. La capilla está, digamos, escondida, fuera del tráfico habitual de la gente dentro del espacio comercial y, por lo mismo, solamente se topan con ella dos tipos de personas: las que intencionalmente se dirigen a ella… o quienes van a los sanitarios. ¡Sí! El mismo pasillo lleva a quien quiera deliberadamente transitar por él, por un lado, a la puerta de la susodicha capilla y, por el otro, a las entradas de aquellos lugares a quienes la necesidad fisiológica que ustedes suponen reclama.
El sitio del culto junto al lugar de la necesidad fisiológica… ¿No hacemos eso mismo con Dios en nuestras vidas – cuando menos, en ciertas ocasiones – al ponerlo en el rincón, en ese sitio medio apartado, en el lugar a donde vamos cuando la “necesidad espiritual” – una enfermedad, un consejo, una ayuda divina, un milagro – apremia? ¿No reservamos el tiempo de encuentro con el Señor para cuando “nos den ganas”, como en otras muchas otras cosas “de ganas”?
No quiero caer en una injusta generalización. Sé que hay muchos fieles cristianos y católicos que se esfuerzan cotidianamente en poner al Señor en el centro de sus vidas, de sus intereses, de sus proyectos, de sus anhelos, de su mente y su corazón. Pero acaso – sólo es un pensamiento, algo que se me ocurre – y, ¿no será esta capilla junto a unos sanitarios un indicativo, un botón de muestra de lo que pasa en el común de la sociedad secular, casi atea, sin credo, sin ideologías – según esto, para que quepamos todos, creamos lo que creamos, como en escuela pública – que ha “arrumbado” a Dios, a la fe, al rincón, para “usarla cuando venga la necesidad”? ¿Qué pasó con la fe de aquellos hombres y mujeres que, cuando fundaban una comunidad – como pasó con la nuestra, cuando se mudó a su sitio actual – primero buscaban el sitio para el templo y, luego, a partir de éste hacían el trazo de todo lo demás?
“Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo.” (Mt 5, 14-16). Hacer brillar la luz que hay en nosotros, para que el mundo sea llenado por esa luz, que es Cristo. No podemos conformarnos con la capilla junto a los sanitarios, en el pasillo escondido. Debemos poner al Señor en el centro de nuestras vidas, de nuestras comunidades. El rincón no va ni con Cristo ni con los cristianos.
miércoles, 1 de agosto de 2007
Ser signo
Casi termino un libro bastante bueno, de teología, y más específicamente, de teología del sacerdocio ministerial. Hoy leí unos párrafos acerca del celibato sacerdotal -es decir, el porqué no nos casamos los curas, dicho a modo popular y vagamente-.
Ciertamente, como comenta el autor, el celibato viene a ser, antes que cualquier cosa, un carisma dado por Dios. Ya lo decía Jesús: "Algunos eligen no casarse por causa del Reino de los cielos. Quien pueda entender esto, que lo entienda" (Mt 19,12). Y es claro que no a todos les entra la idea loca de que es mejor no casarse, pues así se está más disponible para la obra del Reino. Hoy, incluso, hay quienes afirman que debiera hacerse el celibato opcional para los sacerdotes, para que no faltaran tantos como hoy en día. Pero más allá de los funcional y lo útil que pudiera ser, ¿no se estaría perdiendo un signo que hoy en día es necesario para remarcar a los demás que existe algo más que buscar los bienes de este mundo, algo más por lo que vale la pena dejar algo tan valioso como lo es la vida matrimonial?
Y es que hoy por hoy, ser signo es algo muy devaluado en nuestra mentalidad utilitarista, que a todo busca sacarle una función práctica, material, algo que "deje ganancia" en este mundo. Partidarios ciegos del dicho "vale más pájaro en mano que ciento volando", aún cuando, al poseer a uno, se renuncie a ciento que vuela y, con ellos, a algo muchísimo mejor.
Un buen cristiano no se conforma con lo que el mundo le puede ofrecer. Busca lo que la esperanza en la vida eterna da. Y en esa búsqueda, el sufrimiento, la pobreza, la renuncia, incluso el fracaso según los criterios del mundo pueden ser compañeros de camino del creyente.
A mí, como sacerdote, en la renuncia al matrimonio por el Reino, Dios me pide ser signo de que vale la pena dejarlo todo por seguir al Señor, aún cuando muchos no vean más allá de lo que esta vida les ofrece. A cada cristiano, con una vida austera, humilde, entregada en el servicio desinteresado, sin dejarse envolver por los afanes de este mundo y buscando en la vida diaria "el Reino de Dios y su justicia", Dios le pide ser ese signo de la vida venidera que esperamos recibir del Señor cuando venga a dar a cada uno según sus obras.
¿Eres signo? ¿Te distingues en algo de quienes no tienen fe o viven como si no la tuvieran? ¿Manifiestas, de alguna manera, que la felicidad no está en esta vida?
Ciertamente, como comenta el autor, el celibato viene a ser, antes que cualquier cosa, un carisma dado por Dios. Ya lo decía Jesús: "Algunos eligen no casarse por causa del Reino de los cielos. Quien pueda entender esto, que lo entienda" (Mt 19,12). Y es claro que no a todos les entra la idea loca de que es mejor no casarse, pues así se está más disponible para la obra del Reino. Hoy, incluso, hay quienes afirman que debiera hacerse el celibato opcional para los sacerdotes, para que no faltaran tantos como hoy en día. Pero más allá de los funcional y lo útil que pudiera ser, ¿no se estaría perdiendo un signo que hoy en día es necesario para remarcar a los demás que existe algo más que buscar los bienes de este mundo, algo más por lo que vale la pena dejar algo tan valioso como lo es la vida matrimonial?
Y es que hoy por hoy, ser signo es algo muy devaluado en nuestra mentalidad utilitarista, que a todo busca sacarle una función práctica, material, algo que "deje ganancia" en este mundo. Partidarios ciegos del dicho "vale más pájaro en mano que ciento volando", aún cuando, al poseer a uno, se renuncie a ciento que vuela y, con ellos, a algo muchísimo mejor.
Un buen cristiano no se conforma con lo que el mundo le puede ofrecer. Busca lo que la esperanza en la vida eterna da. Y en esa búsqueda, el sufrimiento, la pobreza, la renuncia, incluso el fracaso según los criterios del mundo pueden ser compañeros de camino del creyente.
A mí, como sacerdote, en la renuncia al matrimonio por el Reino, Dios me pide ser signo de que vale la pena dejarlo todo por seguir al Señor, aún cuando muchos no vean más allá de lo que esta vida les ofrece. A cada cristiano, con una vida austera, humilde, entregada en el servicio desinteresado, sin dejarse envolver por los afanes de este mundo y buscando en la vida diaria "el Reino de Dios y su justicia", Dios le pide ser ese signo de la vida venidera que esperamos recibir del Señor cuando venga a dar a cada uno según sus obras.
¿Eres signo? ¿Te distingues en algo de quienes no tienen fe o viven como si no la tuvieran? ¿Manifiestas, de alguna manera, que la felicidad no está en esta vida?
martes, 24 de julio de 2007
Participar de la misa

Parte importante de nuestra vida de fe y de integración a la comunidad de la Iglesia la basamos la mayoría de los católicos en la asistencia a misa. Para muchos de nosotros, al menos a partir de un cierto grado de compromiso en el vivir como cristianos, nos resulta molesto no asistir a misa, al menos cada domingo. No somos los más, tristemente, pero eso hace notar que una forma muy importante de manifestar el ser creyentes está en la participación en la “liturgia dominical”. Y ciertamente que sería muy “pobre” nuestro compromiso cristiano si lo evaluamos a partir de la asistencia a misa, como sería, por otro lado, injusto decir que si alguien no va con absoluta y “religiosa” fidelidad a la Eucaristía de cada domingo, no tiene o no vive su fe. Entonces, ¿es relativa la asistencia a misa? ¿Cuándo sí y cuándo no?
Para responder a lo anterior, antes debemos entender qué es la liturgia. ¿Conoces el término? De ser afirmativo, quizá y te falte, como a muchos, precisarlo más. Esta palabra se asocia a los ritos que se efectúan en la Iglesia: misas, bodas, bautismos, oraciones por los difuntos… y, por ello, algo así como propio del sacerdote, del “cura”. La verdad, este término es muy antiguo: los griegos lo usaban para designar un servicio a favor de la comunidad. Con liturgia la Iglesia designa, ni más ni menos, el servicio de la redención, es decir, de la liberación de la esclavitud del pecado y sus consecuencias, que Cristo ha obrado en su entrega al Padre, primero en la obediencia de su voluntad hasta llegar a la donación de su vida en la cruz, obra que continúa realizando por y en su Iglesia.
Dice la enseñanza de la Iglesia: “Para realizar una obra tan grande, Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, ‘ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz’, sea sobre todo bajo las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los Sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es El quien habla… Con razón, pues, se considera la Liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro.”
Liturgia, hoy, pues, es el rescate que Cristo sigue obrando en los hombres y mujeres de nuestro mundo, y que se concentra, se manifiesta y se hace eficaz en su Iglesia, para que todos, libres del pecado, podamos unirnos a Dios y vivir la unidad entre nosotros, en el camino hacia la unidad plena en el cielo.
Y claro que, algo tan grande y que no depende de “mi fuerza particular” o de “mis buenas obras”, sino de la fuerza salvadora de Cristo, no la podemos encerrar solamente en “asistir a misa”. Pero, sin embargo, la misa es la concentración de la vida del cristiano, ofrecida “por Cristo, con Él y en Él” al Padre, como dice el salmista: « ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre » (Sal 116, 12-13).
Esto implica, pues, que el católico, si asiste a misa, lo haga “llevando qué ofrecer”, es decir, la ofrenda que Dios espera de nosotros: una vida recta, humilde, conforme al Evangelio, impregnada de su gracia, de un genuino esfuerzo por adherirnos a Él por medio del cumplimiento de su Palabra.
¡Qué triste sería llegar a la celebración de la Eucaristía y entonar, en el momento de la presentación de los dones, con justa correspondencia con la vida, ese desafortunado canto: “no tengo nada que ofrecerte, no encuentro en mí qué presentar…”! Porque la misa no es primordialmente “ir a recibir”, sino, “entregar”, “ofrecer”. Es unirnos a Cristo en su entrega al Padre.
Y a partir de esta última afirmación podemos entender por qué no se vale simplemente llevar una vida recta, buena, hasta amorosa quizá, y decir “yo no necesito ir a misa para ser bueno”. Porque nuestras obras, por muy bien intencionadas y realizadas, nunca tendrán, por sí mismas, la capacidad de salvarme. Si así fuera, ¿para qué murió Jesús? Ha habido gente buena desde antes de su nacimiento. Pero Jesús hace que nuestra vida se convierta en la ofrenda salvadora que necesitamos, que nos da la fuerza para vencer el pecado, para no caer en las tentaciones, y sobre todo, para amar más allá de nuestras humanas fuerzas (y debilidades).
¿Vale la pena, pues, ir a misa cada semana? Claro que sí. ¿Y me voy al infierno si falto una vez? Muy probablemente no. Pero no son pocas las veces que una falta lleva a otra, y a otra, hasta caer en una asistencia esporádica, de “ocasión especial”. Pero tampoco se vale ir a misa nomás por ir. A la acción simbólica de ofrecer la vida en la misa, debe acompañarla la acción real de ofrecer mi vida a semejanza de Cristo todos los días, a cada momento, en obediencia al Padre bajo la guía del Espíritu Santo.
La próxima vez que asistas a misa, en el momento en que el sacerdote coloca el pan y el vino sobre el altar, junto al pan, pon simbólicamente, desde tu corazón, tus buenas obras, tus esfuerzos por amar, por hacer de este mundo y quienes lo habitamos algo mejor y feliz; y, junto al vino, tus sacrificios, tus dolores, tus lágrimas, tus sufrimientos. Deja que Jesús sea quien los ofrezca al Padre, para que tu vida valga la pena, o mejor aún, valga la Sangre Preciosa de Cristo, tu Redentor.
martes, 10 de julio de 2007
Creer hoy, ¿es igual que antes?

"Aún tengo muchas cosas que decirles, pero todavía no las pueden comprender. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él los irá guiando hasta la verdad plena, porque no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que haya oído y les anunciará las cosas que van a suceder. El me glorificará, porque primero recibirá de mí lo que les vaya comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho que tomará de lo mío y se lo comunicará a ustedes." (Jn 16, 12-15)
Durante el novenario de las fiestas patronales, pude constatar, con cierta tristeza, que la participación de la gente en torno a las peregrinaciones y celebraciones fue muy poca, en proporción con las personas que forman nuestra comunidad parroquial. Pareciera como si aquellos que dicen profesar la fe católica, ante la posibilidad de manifestarla y celebrarla en un momento tan significativo para la comunidad y no hacerlo, en realidad no “creen”. O al menos, surge la pregunta: ¿por qué?
Y pienso que quizá y todo comience con el hecho de que la vivencia y la expresividad de la fe no es la misma en nuestros días, que como la vivieron nuestros padres y abuelos. Lo que en un momento dado a los que hoy están cargados de años les satisfizo para anunciar, celebrar y compartir la fe, hoy las nuevas generaciones lo ven con recelo, o con una simple indiferencia. Los papás se quejan de que los hijos no los han seguido en sus prácticas religiosas. Los jóvenes juzgan ciertas prácticas como de “cosas de viejitas”, o como algo que solamente les toca realizar “a las de la vela perpetua”, y con esto último muchas veces se excusan de prácticas que incluso la doctrina cristiana considera vitales, “obligatorias” desde un punto de vista normativo, como la asistencia a misa todos los domingos, por ejemplo.
Ciertamente que la riqueza de la fe y su pervivencia a través de diferentes épocas y culturas, nos dan la pauta para hacer una importante distinción: no es lo mismo lo que creemos, que cómo lo expresamos y lo vivimos. Aunque en lo segundo, las formas de hacerlo deben corresponder al contenido de lo que creemos y nos ha sido revelado en Cristo (nunca, por lo mismo, va a ser válido según nuestra fe expresar nuestra fe mediante la violencia, pues fe y violencia son incompatibles, por ejemplo), esto no excluye la posibilidad de encontrar, crear nuevas maneras de que nuestra fe logre fortalecerse, expresarse, vivirse como un tesoro, con alegría.
En este sentido, lo que ya indicaba el Papa Juan Pablo II, de feliz memoria, a los obispos latinoamericanos, esto es, la necesidad de una evangelización nueva en sus métodos, nueva en su ardor, nueva en su expresión (Discurso a la Asamblea del CELAM, 9 de marzo de 1983), debe ser una breve pero significativa guía para los católicos de hoy, que queremos ser fieles practicantes de nuestra fe.
¿Me basta, nutre, vivifica, la forma en que anuncio o me es anunciada la fe? ¿Me basta, nutre, vivifica cómo la celebro individualmente o en comunidad? ¿Me impulsa realmente mi fe a vivir en amor a Dios y en servicio a mis hermanos? Y en el cómo anuncio, celebro, y vivo mi fe, ¿la vivo como auténticamente es, sin componendas, sin negociaciones de “esto sí, esto no”? ¿Qué sería vivir la fe con nuevo ardor? ¿Qué nuevos métodos puedo idear para una profesión más viva de la fe en mí? Si no “me late” salir en peregrinación, ¿de qué otra forma o medio puedo disponer para manifestar la fe, en lo que creo?
Cada uno de nosotros, católicos, como integrantes de la Iglesia de Cristo, tenemos el deber de ir impulsando los cambios que hagan que nuestra fe siga siendo motor de vida en todos los ámbitos de la vida personal y de la sociedad. Si esperamos que “la inercia” o “lo que digan los sacerdotes” sean suficientes, grande va a ser la desilusión y el debilitamiento de nuestra fe. Recordemos: todos hemos recibido el Espíritu, y él habla muchas veces por las inquietudes y deseos de nuestro corazón, seamos consagrados o no, máxime si estamos unidos a Dios. Dejemos que el Espíritu de Dios hable a través de cada uno, y juntos construyamos las nuevas formas por las que nuestra fe siga creciendo y dando vida a nuestra comunidad y a cada uno de nosotros.
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