sábado, 21 de enero de 2012

Resucitando el blog...

Bueno... luego de tres años de abandono, tres años que han significado un montón de experiencias de todo tipo, he decidido volver a escribir. No espero nada al retomar esta experiencia; es simplemente el deseo de compartir algunas reflexiones y experiencias de vida, como antes lo había hecho, lo que me mueve a retomarlo. Están cordialmente invitados a pasar y expresar -siempre de manera respetuosa, por supuesto- sus opiniones.
Feliz y en paz. Así es como me siento en el presente. Aunque quizá los tiempos no sean los mejores que me han tocado vivir, la forma de procesar mi circunstancia es la más afortunada en años. Y quizá, en este equilibrio, me siento motivado a encontrarme con el otro para compartir la vida. Me siento agradecido porque a lo largo de los años y de las distintas comunidades a las que he servido, he encontrado personas que me han enriquecido enormemente. Actualmente me considero una persona sabia, en el sentido estricto de la palabra: le he encontrado sabor a la vida. Y no quiero vivir  este tiempo de gracia sin compartirlo.
Y por eso es que este espacio será de encuentro... de re-encuentro con todos ustedes que han dejado huella en mí, y que, aunque no lo sepan, estarán presentes en mis reflexiones, y, quizá, por este medio nos podamos volver a tratar; de encuentro con ustedes, los que ahora trato con cierta frecuencia, en el supuesto que este espacio no suple los otros lugares de encuentro; y de encuentro contigo, a quien no conozco, y que quizá pases por aquí y te dé algo de curiosidad o despierte algo de simpatía en ti... para todos mi agradecimiento y mi bendición.

"Es muy difícil que el amor no se vuelva posesivo, porque nuestros corazones buscan el amor perfecto y ningún ser humano es capaz de darlo. Solamente Dios puede ofrecer un amor perfecto.
Por lo tanto, el arte de amar incluye el arte de darle espacio al otro. Cuando le damos al otro espacio para que se mueva y comparta nuestros dones, llega a ser posible la verdadera intimidad"
.
(Henri Nouwen)

miércoles, 2 de enero de 2008

Feliz Año 2008!!!


En el gran corazón de Dios, nuestro Padre, hay un deseo para cada uno de nosotros. Por ese deseo, su Hijo Jesucristo, verdadero Dios, nació verdadero hombre de la Virgen María, predicó la Buena Nueva, murió y resucitó, y está a la derecha del trono del Altísimo.

Que hacia el pleno cumplimiento de ese deseo de Dios para ti se oriente en este año que comienza toda tu vida: tus entradas y salidas, tus anhelos y necesidades, tus logros, tus reveses y tus sufrimientos. Se trata de amor, y sólo eso; lo demás, viene por añadidura o no importa.

sábado, 22 de diciembre de 2007

Navidad



No es el tiempo en el que más se reza,
sino en el que más se compra.

No es el tiempo en el que más nos arrodillamos,
sino en el que más nos adornamos y nos divertimos.

No es el tiempo en el que vivimos pendientes
de la señal de la estrella para encontrar al niño Dios,
sino pendientes de los anuncios de la televisión
y la propaganda para encontrar lo que deseamos
adquirir y lo que queremos estrenar.

¡Qué alteración de vida, qué frenesí en las calles,
qué tumulto en la tiendas! ¡Cuánta vanidad, compromisos,
felicitaciones y endeudamientos!

¡Cuanta sofocación y cuántos movimientos
llenan la tierra! ¡Y qué soledad, qué desolación,
qué intima paz llenan la gruta de Belén!

Las tiendas se abarrotan porque todos quieren “cosas”.
Y la gruta está vacía porque pocos quieren fe.

Todos están adorando su dinero y desperdiciando
la riqueza de su salvación.

¡Qué contagio colectivo produce la sed insaciable de “tener”!
Y qué lejos de todo parecen los preocupados por “ser”,
por entrar en su Navidad interior y ofrecer amor.

Hay culto de comercio, no adoración de Dios.

Hay religión de banquetes, no fuego de pesebre.

Hay fe de postalitas, no de espíritu divino.

Hay luces de foquitos, no de corazones encendidos.

Se abren las puertas para Dios ¡y entra el mundo!
Abren los salones para los ricos y se olvidan de los pobres
y de los tristes. Se pregona la gran verdad y parece
una gran mentira. Suenan las campanas, se prenden
los arbolitos, se aturden los hombres, todos comprometidos
con la sociedad pero desprevenidos del Salvador del Mundo.

Vivimos con sentido porque Cristo nace.
Ahí comienza nuestra salvación. Creemos con seguridad
porque se hizo hombre para traer una doctrina.
Caminamos con dirección porque desde su nacimiento
nos trajo luz para mirar y eje para sostenernos.

Pero nuestro afán es de mucho supermercado y poco templo,
muchas vidrieras y pocas “figuras”, muchos festejos… y poca reflexión.
Mucho trono, pero muy poco rey, mucho buscar y buscar
sin encontrar con qué llenarse.

Como si el alma fuera un paquetito con moño de regalo,
y el corazón, un ornamento de vitrina, y Dios,
una bonita historia sin trascendencia en nuestra vida.

Todos se apresuran a cumplir las órdenes de la moda
y de la sociedad, y pocos se detienen a meditar
en el mandamiento del amor y en el sentido del misterio.

Todos, en una doble Navidad, en un doble ramaje,
una doble cara, una doble postura, una doble antena.
Como si Cristo y el mundo moderno
se pudieran encasillar juntos para pasar la Navidad.

Hay cosas que no pueden fundirse ni empatarse, ni confundirse.
Cosas que se excluyen.

Porque no puedes arrodillarte y a la vez desenfrenarte.
No puedes rezar en la iglesia y a la vez aplaudir
el vicio fuera de ella; mirar el cielo y enlodar la tierra;
pararte en el mundo y disfrazarte de lo que te convenza.

No puedes decir que nace Cristo mientras tú te diviertes,
te insensibilizas, te disipas, te duermes.

Cristo estableció el amor. Cristo cambió las costumbres
por la conversión de la vida, y planeó la libertad
del cristiano y la luminosidad de la vida.

No hay más que una Navidad y un Nacimiento para llenar
los rincones de tu alma. No hay más que un niño Dios
para llevar la luz al fondo de tu corazón.
No hay más que una estrella para cuidar tus pasos.

Y si quieres proteger tu vida,
no hay más que esa gruta para resguardarte.

Hoy es el día de los niños, de las tradiciones,
de los pobres, de los desamparados. Del perdón espontáneo,
de la plegaria tibia, del corazón fuera del pecho,
de vaciar las alforjas, de pedir perdón…

¡Y lucirse en la caridad del Señor!

Zenaida Bacardí de Argamasilla

Que tengas una auténtica Navidad. De ésas que, más que regalos, dejan VIDA.

sábado, 8 de diciembre de 2007

Juan y la espera del Señor


Estamos en tiempo de Adviento en la liturgia, y uno de los exponentes más representativos de este tiempo de espera y preparación del Señor y su gracia es San Juan Bautista quien, a la sazón, es el santo patrono de la comunidad parroquial en la que sirvo.

Este Segundo Domingo de Adviento, San Juan Bautista aparece como el que llama a la conversión: "Arrepiéntanse, porque el Reino de Dios está cerca". Y el Evangelio nos presenta la figura de Juan: el hombre penitente, sobrio, casi la personificación de ese arrepentimiento. Algo más me impacta en la figura de Juan: no mide las palabras al invitar a la conversión. Es más, no invita: demanda. Su palabra es como un poderoso rayo de luz que no deja escondrijo sin examinar, pecado sin evidenciar, mal sin denunciar. Y eso que él no es la luz, sino sólo un mensajero de la Luz.

"El tiene el bieldo en su mano, para separar el trigo de la paja...". Anuncia a aquél que viene, de una vez por todas, a arrancar la cizaña de nuestros corazones, al que por fin, pondrá las cosas en su sitio, el que, con su venida, obrará la transformación de nuestra pobre humanidad en algo más divino.

Adviento es, pues, el tiempo de abrirnos al que viene a renovar nuestra vida, a disipar las tinieblas de nuestros ojos, a arrancar las malas hierbas de nuestro jardín interior. Conversión es abandonar la ceguera que nos impide ver cuánto necesitamos de la Luz, dejar la debilidad que presumimos como una fortaleza en Sus Sagradas Manos para que de veras podamos luchar.

Quiera Dios, por intercesión de San Juan Bautista, concedernos la gracia de su Espíritu, para poder convencernos de nuestra indigencia y Su misericordia, de nuestra orfandad y de Su amor, para dar frutos dignos de Aquel que viene a salvarnos. ¡Ven, Señor Jesús!

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Marana tha



Y como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas
piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: "De todo lo que ustedes contemplan, un
día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido". Ellos le preguntaron:
"Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a
suceder?"
Jesús respondió: "Tengan cuidado, no se dejen engañar,
porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: "Soy yo", y también: "El
tiempo está cerca". No los sigan. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones
no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el
fin".
(Lc 21,5-9)


Estamos terminando el año litúrgico, esto es, el ciclo anual en el que conmemoramos los misterios de la salvación, teniendo como centro a Cristo. Estos dos domingos próximos se nos habla de un aspecto muy importante de la vida cristiana: la espera de la segunda venida del Señor Jesucristo.

Como es conocido por muchos, ha habido grupos religiosos que se han aprovechado de la expectación en torno a este día glorioso, anunciando su llegada inminente. Algunos de ellos han llegado al extremo de llevar a los creyentes a quitarse la vida, para “recibir” al Señor que “ha llegado”.

Es necesario hacer notar que la Sagrada Escritura en ningún momento da fechas precisas ni sugiere algún momento determinado para descubrir cuándo ocurrirá el Día del Retorno del Señor, el Fin del Mundo. Las señales que presentan los Evangelios (guerras, terremotos, catástrofes, etc.) no hablan de un día determinado, sino de lo que caracteriza al tiempo de espera del Último Día: una fe que se vive en un mundo agitado por los conflictos humanos, por los sucesos de la naturaleza, por todas estas situaciones que nos manifiestan la limitación de la realidad actual para responder al anhelo de felicidad del ser humano. Resaltar estos elementos tiene como fin alentar la esperanza cristiana, recordarle al fiel cristiano que su felicidad y plenitud no se encuentra en este mundo, ni siquiera cuando todo parece marchar bien y en paz. "De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido". Todo lo que en esta vida nos ofrece seguridad, bienestar, cierta comodidad y gozo, un día será caduco, inútil, desechado, ante la grandeza y la plenitud de la vida nueva en Cristo Jesús, quien volverá a consumar su obra de salvación, destruyendo definitivamente al pecado, a la muerte, al dolor.

Si contemplamos nuestra vida, más allá de los conflictos internacionales y de las catástrofes naturales (situaciones ambas que no son nuevas ni propias de los últimos años), podemos descubrir que nuestra fe se desarrolla en medio de situaciones de alegría y de tristeza, de logros y fracasos, de esperanza y de sufrimiento. Tenemos ciertas seguridades (nuestros “Templos de Jerusalén”) y, al mismo tiempo, señales que nos recuerdan que nuestra vida no es tan plenamente satisfactoria como debería de ser. Junto al gozo experimentado no tarda en aparecer la desolación ante ciertas situaciones. Todo esto nos debe mover a dirigir nuestra mirada hacia el Señor Resucitado, hacia el Vencedor del pecado y de la muerte, y elevar nuestra plegaria: Marana tha, ¡Ven, Señor!

Esperemos, pues, el Retorno del Señor, no con temor, sino con alegría y con una esperanza viva, que se esfuerza para presentarle al Señor un mundo mejor al que Él nos encargó hace casi dos mil años, con la confianza de que Él concluirá la obra que hoy nos encomienda realizar, y que no es sino continuación de aquello que su amor divino ha venido realizando en nosotros desde los tiempos antiguos, aún antes de darse a conocer a Abraham y a los patriarcas de Israel.

¿Cuándo regresará el Señor? El “cuándo” no preocupa realmente para aquel que busca amar a Dios, con todo su corazón, hoy y siempre. Si ya amamos al Señor, si ya buscamos con tesón seguir el camino que Cristo nos enseñó, ¿inquieta si el Último Día llega mañana? Realmente no, porque el Señor ya está con nosotros, porque ya nos mueve a amar, porque hoy nos impulsa a construir un mundo mejor. Cuando llegue, que el Señor nos encuentre viviendo en el amor a Él y a los demás. Ésa es la mejor plegaria para apresurar su venida, su plena victoria sobre la muerte y el pecado, la plenitud de su Reino.