Casi termino un libro bastante bueno, de teología, y más específicamente, de teología del sacerdocio ministerial. Hoy leí unos párrafos acerca del celibato sacerdotal -es decir, el porqué no nos casamos los curas, dicho a modo popular y vagamente-.
Ciertamente, como comenta el autor, el celibato viene a ser, antes que cualquier cosa, un carisma dado por Dios. Ya lo decía Jesús: "Algunos eligen no casarse por causa del Reino de los cielos. Quien pueda entender esto, que lo entienda" (Mt 19,12). Y es claro que no a todos les entra la idea loca de que es mejor no casarse, pues así se está más disponible para la obra del Reino. Hoy, incluso, hay quienes afirman que debiera hacerse el celibato opcional para los sacerdotes, para que no faltaran tantos como hoy en día. Pero más allá de los funcional y lo útil que pudiera ser, ¿no se estaría perdiendo un signo que hoy en día es necesario para remarcar a los demás que existe algo más que buscar los bienes de este mundo, algo más por lo que vale la pena dejar algo tan valioso como lo es la vida matrimonial?
Y es que hoy por hoy, ser signo es algo muy devaluado en nuestra mentalidad utilitarista, que a todo busca sacarle una función práctica, material, algo que "deje ganancia" en este mundo. Partidarios ciegos del dicho "vale más pájaro en mano que ciento volando", aún cuando, al poseer a uno, se renuncie a ciento que vuela y, con ellos, a algo muchísimo mejor.
Un buen cristiano no se conforma con lo que el mundo le puede ofrecer. Busca lo que la esperanza en la vida eterna da. Y en esa búsqueda, el sufrimiento, la pobreza, la renuncia, incluso el fracaso según los criterios del mundo pueden ser compañeros de camino del creyente.
A mí, como sacerdote, en la renuncia al matrimonio por el Reino, Dios me pide ser signo de que vale la pena dejarlo todo por seguir al Señor, aún cuando muchos no vean más allá de lo que esta vida les ofrece. A cada cristiano, con una vida austera, humilde, entregada en el servicio desinteresado, sin dejarse envolver por los afanes de este mundo y buscando en la vida diaria "el Reino de Dios y su justicia", Dios le pide ser ese signo de la vida venidera que esperamos recibir del Señor cuando venga a dar a cada uno según sus obras.
¿Eres signo? ¿Te distingues en algo de quienes no tienen fe o viven como si no la tuvieran? ¿Manifiestas, de alguna manera, que la felicidad no está en esta vida?
Porque sin el fuego la luz se apaga, las sombras crecen y los enemigos acechan... cuidemos el fuego
miércoles, 1 de agosto de 2007
martes, 24 de julio de 2007
Participar de la misa

Parte importante de nuestra vida de fe y de integración a la comunidad de la Iglesia la basamos la mayoría de los católicos en la asistencia a misa. Para muchos de nosotros, al menos a partir de un cierto grado de compromiso en el vivir como cristianos, nos resulta molesto no asistir a misa, al menos cada domingo. No somos los más, tristemente, pero eso hace notar que una forma muy importante de manifestar el ser creyentes está en la participación en la “liturgia dominical”. Y ciertamente que sería muy “pobre” nuestro compromiso cristiano si lo evaluamos a partir de la asistencia a misa, como sería, por otro lado, injusto decir que si alguien no va con absoluta y “religiosa” fidelidad a la Eucaristía de cada domingo, no tiene o no vive su fe. Entonces, ¿es relativa la asistencia a misa? ¿Cuándo sí y cuándo no?
Para responder a lo anterior, antes debemos entender qué es la liturgia. ¿Conoces el término? De ser afirmativo, quizá y te falte, como a muchos, precisarlo más. Esta palabra se asocia a los ritos que se efectúan en la Iglesia: misas, bodas, bautismos, oraciones por los difuntos… y, por ello, algo así como propio del sacerdote, del “cura”. La verdad, este término es muy antiguo: los griegos lo usaban para designar un servicio a favor de la comunidad. Con liturgia la Iglesia designa, ni más ni menos, el servicio de la redención, es decir, de la liberación de la esclavitud del pecado y sus consecuencias, que Cristo ha obrado en su entrega al Padre, primero en la obediencia de su voluntad hasta llegar a la donación de su vida en la cruz, obra que continúa realizando por y en su Iglesia.
Dice la enseñanza de la Iglesia: “Para realizar una obra tan grande, Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, ‘ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz’, sea sobre todo bajo las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los Sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es El quien habla… Con razón, pues, se considera la Liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro.”
Liturgia, hoy, pues, es el rescate que Cristo sigue obrando en los hombres y mujeres de nuestro mundo, y que se concentra, se manifiesta y se hace eficaz en su Iglesia, para que todos, libres del pecado, podamos unirnos a Dios y vivir la unidad entre nosotros, en el camino hacia la unidad plena en el cielo.
Y claro que, algo tan grande y que no depende de “mi fuerza particular” o de “mis buenas obras”, sino de la fuerza salvadora de Cristo, no la podemos encerrar solamente en “asistir a misa”. Pero, sin embargo, la misa es la concentración de la vida del cristiano, ofrecida “por Cristo, con Él y en Él” al Padre, como dice el salmista: « ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre » (Sal 116, 12-13).
Esto implica, pues, que el católico, si asiste a misa, lo haga “llevando qué ofrecer”, es decir, la ofrenda que Dios espera de nosotros: una vida recta, humilde, conforme al Evangelio, impregnada de su gracia, de un genuino esfuerzo por adherirnos a Él por medio del cumplimiento de su Palabra.
¡Qué triste sería llegar a la celebración de la Eucaristía y entonar, en el momento de la presentación de los dones, con justa correspondencia con la vida, ese desafortunado canto: “no tengo nada que ofrecerte, no encuentro en mí qué presentar…”! Porque la misa no es primordialmente “ir a recibir”, sino, “entregar”, “ofrecer”. Es unirnos a Cristo en su entrega al Padre.
Y a partir de esta última afirmación podemos entender por qué no se vale simplemente llevar una vida recta, buena, hasta amorosa quizá, y decir “yo no necesito ir a misa para ser bueno”. Porque nuestras obras, por muy bien intencionadas y realizadas, nunca tendrán, por sí mismas, la capacidad de salvarme. Si así fuera, ¿para qué murió Jesús? Ha habido gente buena desde antes de su nacimiento. Pero Jesús hace que nuestra vida se convierta en la ofrenda salvadora que necesitamos, que nos da la fuerza para vencer el pecado, para no caer en las tentaciones, y sobre todo, para amar más allá de nuestras humanas fuerzas (y debilidades).
¿Vale la pena, pues, ir a misa cada semana? Claro que sí. ¿Y me voy al infierno si falto una vez? Muy probablemente no. Pero no son pocas las veces que una falta lleva a otra, y a otra, hasta caer en una asistencia esporádica, de “ocasión especial”. Pero tampoco se vale ir a misa nomás por ir. A la acción simbólica de ofrecer la vida en la misa, debe acompañarla la acción real de ofrecer mi vida a semejanza de Cristo todos los días, a cada momento, en obediencia al Padre bajo la guía del Espíritu Santo.
La próxima vez que asistas a misa, en el momento en que el sacerdote coloca el pan y el vino sobre el altar, junto al pan, pon simbólicamente, desde tu corazón, tus buenas obras, tus esfuerzos por amar, por hacer de este mundo y quienes lo habitamos algo mejor y feliz; y, junto al vino, tus sacrificios, tus dolores, tus lágrimas, tus sufrimientos. Deja que Jesús sea quien los ofrezca al Padre, para que tu vida valga la pena, o mejor aún, valga la Sangre Preciosa de Cristo, tu Redentor.
martes, 10 de julio de 2007
Creer hoy, ¿es igual que antes?

"Aún tengo muchas cosas que decirles, pero todavía no las pueden comprender. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él los irá guiando hasta la verdad plena, porque no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que haya oído y les anunciará las cosas que van a suceder. El me glorificará, porque primero recibirá de mí lo que les vaya comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho que tomará de lo mío y se lo comunicará a ustedes." (Jn 16, 12-15)
Durante el novenario de las fiestas patronales, pude constatar, con cierta tristeza, que la participación de la gente en torno a las peregrinaciones y celebraciones fue muy poca, en proporción con las personas que forman nuestra comunidad parroquial. Pareciera como si aquellos que dicen profesar la fe católica, ante la posibilidad de manifestarla y celebrarla en un momento tan significativo para la comunidad y no hacerlo, en realidad no “creen”. O al menos, surge la pregunta: ¿por qué?
Y pienso que quizá y todo comience con el hecho de que la vivencia y la expresividad de la fe no es la misma en nuestros días, que como la vivieron nuestros padres y abuelos. Lo que en un momento dado a los que hoy están cargados de años les satisfizo para anunciar, celebrar y compartir la fe, hoy las nuevas generaciones lo ven con recelo, o con una simple indiferencia. Los papás se quejan de que los hijos no los han seguido en sus prácticas religiosas. Los jóvenes juzgan ciertas prácticas como de “cosas de viejitas”, o como algo que solamente les toca realizar “a las de la vela perpetua”, y con esto último muchas veces se excusan de prácticas que incluso la doctrina cristiana considera vitales, “obligatorias” desde un punto de vista normativo, como la asistencia a misa todos los domingos, por ejemplo.
Ciertamente que la riqueza de la fe y su pervivencia a través de diferentes épocas y culturas, nos dan la pauta para hacer una importante distinción: no es lo mismo lo que creemos, que cómo lo expresamos y lo vivimos. Aunque en lo segundo, las formas de hacerlo deben corresponder al contenido de lo que creemos y nos ha sido revelado en Cristo (nunca, por lo mismo, va a ser válido según nuestra fe expresar nuestra fe mediante la violencia, pues fe y violencia son incompatibles, por ejemplo), esto no excluye la posibilidad de encontrar, crear nuevas maneras de que nuestra fe logre fortalecerse, expresarse, vivirse como un tesoro, con alegría.
En este sentido, lo que ya indicaba el Papa Juan Pablo II, de feliz memoria, a los obispos latinoamericanos, esto es, la necesidad de una evangelización nueva en sus métodos, nueva en su ardor, nueva en su expresión (Discurso a la Asamblea del CELAM, 9 de marzo de 1983), debe ser una breve pero significativa guía para los católicos de hoy, que queremos ser fieles practicantes de nuestra fe.
¿Me basta, nutre, vivifica, la forma en que anuncio o me es anunciada la fe? ¿Me basta, nutre, vivifica cómo la celebro individualmente o en comunidad? ¿Me impulsa realmente mi fe a vivir en amor a Dios y en servicio a mis hermanos? Y en el cómo anuncio, celebro, y vivo mi fe, ¿la vivo como auténticamente es, sin componendas, sin negociaciones de “esto sí, esto no”? ¿Qué sería vivir la fe con nuevo ardor? ¿Qué nuevos métodos puedo idear para una profesión más viva de la fe en mí? Si no “me late” salir en peregrinación, ¿de qué otra forma o medio puedo disponer para manifestar la fe, en lo que creo?
Cada uno de nosotros, católicos, como integrantes de la Iglesia de Cristo, tenemos el deber de ir impulsando los cambios que hagan que nuestra fe siga siendo motor de vida en todos los ámbitos de la vida personal y de la sociedad. Si esperamos que “la inercia” o “lo que digan los sacerdotes” sean suficientes, grande va a ser la desilusión y el debilitamiento de nuestra fe. Recordemos: todos hemos recibido el Espíritu, y él habla muchas veces por las inquietudes y deseos de nuestro corazón, seamos consagrados o no, máxime si estamos unidos a Dios. Dejemos que el Espíritu de Dios hable a través de cada uno, y juntos construyamos las nuevas formas por las que nuestra fe siga creciendo y dando vida a nuestra comunidad y a cada uno de nosotros.
domingo, 24 de junio de 2007
¡Fiesta!
Hoy tenemos la dicha de tener nuestra fiesta patronal. La comunidad a la que sirvo, de más de 90,000 habitantes, tiene 4 parroquias, y la nuestra, dedicada a San Juan Bautista, es la Iglesia Madre, por lo que la fiesta se vuelve el festejo no oficial de toda la ciudad.Este año, quizá y no brille como en años anteriores ( y no lo digo porque ahora yo no sea el encargado de la kermés, sino porque ha habido muchos factores, desde su preparación, que han contribuido a ello). Pero eso no quita que sea nuestra fiesta, y que tengamos el compromiso para nuestra comunidad de contribuir a que se celebre de manera digna y gozosa.
Este año tuve la iniciativa de hacerme cargo de la parte devocional-espiritual (peregrinaciones, misa, etc.). Y, a pesar de que hubo la intención de hacer participar a la gran parte de la comunidad, la verdad es que pude experimentar que nos falta muuuucho para que realmente se involucre la mayoría de los fieles en el festejo. Por la kermés, no hay problema, pues los números artísticos que se presentan en el teatro del pueblo son atractivos y "jalan" gente; pero, tristemente, la asistencia a las peregrinaciones y las misas sí fue bastante parca, para el número de habitantes de nuestra ciudad y de los que nos decimos fieles católicos practicantes en ella.
Como pastor, me queda clara una cosa: hay qué trabajar más para lograr que los fieles de nuestra comunidad nos sintamos familia, y de veras hagamos nuestros estos y otros momentos de la vida de fe de la comunidad. Es una tarea de años, y se vislumbra ardua. Les pido sus oraciones para que nosotros, los pastores presentes y futuros de esta comunidad, sepamos ir guiando al rebaño hacia la vivencia de una fe más comprometida, hacia la construcción de una iglesia verdaderamente viva.
sábado, 23 de junio de 2007
Una familia de paz
Este pasado martes 19 de Junio, el cardenal Renato Martino, presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz, dio a conocer que el tema elegido por el Papa Benedicto XVI para la 41ª. Jornada Mundial por la Paz, a celebrarse el 1º de Enero del 2008, es “Familia humana: comunidad de paz”. Y en estos días, en que traemos muy “de moda” el tema de la paz, puede ser interesante reflexionar acerca de este tema.
A propósito del mismo, el arzobispo de Valencia, Agustín García-Gasco Vicente, en una carta dirigida a sus fieles en la preparación del Encuentro Mundial de la Familia, que se celebró en su arquidiócesis el 2003, señala muy atinadamente: “Educar para la paz en el seno fundamental (la familia) es esencial. No se trata de dar grandes lecciones, sino la palabra justa para que los hijos comprendan la gravedad y maldad que encierran las acciones violentas y la grandeza de la paz y el perdón.” Esto puede darnos un primer indicio de lo que significa la paz en nuestras familias.
No solamente es importante la postura “ideológica” frente a la paz; es fácil decir que estoy en contra de las guerras entre naciones, por ejemplo, pero esa idea puede convivir, en mi familia, con actitudes de verdadera intolerancia y hasta violencia, de modo que, aunque diga que estoy en contra de las guerras, sigo promoviendo una guerra “en chiquito” en el seno de mi hogar cuando no tolero las diferencias entre los diferentes miembros de la familia y eso me lleva a agredir a los otros. Porque la gravedad y maldad que encierran las acciones violentas y la grandeza de la paz y el perdón no solamente se manifiestan en los actos y decisiones que atañen a naciones, sino que aparecen también en la forma de vivir y de relacionarse de una simple familia, por más “común y corriente” que sea.
¿De veras, en mi familia, en cada uno de sus actos, se vive el valor del perdón, de la tolerancia? ¿Nos queda claro a cada uno de los que la formamos que la violencia, la agresión, la venganza, no son el camino?
Cada familia tiene una enorme responsabilidad ante la sociedad entera, pues en ella es donde se forman las personas con sus valores, sus vicios, sus virtudes, las cosas a las cuales les da importancia, su manera de hacer las cosas. Y es un hecho que si bien la violencia, el no respetar al otro, la intolerancia puede parecer al principio juego de niños (como el niño que roba y no le dan un castigo apropiado, o que dice maldiciones y hasta se lo festejan), con el tiempo van formando parte de la estructura de la personalidad de un adulto, con todas las repercusiones que ello conlleva.
Encontré en Internet algunas sencillas recomendaciones para que las familias puedan crear un ambiente familiar sin amenazas:
Manteniendo una comunicación abierta.
Permitiendo que cada persona exprese su opinión abiertamente, y asegurando que todos escuchen en lugar de juzgar. Escuchar fomenta hablar, y hablar dejar saber a todos los miembros de la familia lo que es importante y valorado.
Enseñando amabilidad siendo amable. Necesitamos ser firmes y amables. Los niños necesitan reglas firmes y una guía acertada, clara y con respeto. No es necesario gritar las reglas.
Respetando las relaciones familiares. Esto significa respetar a los niños como personas. Los niños aprenden respeto por observaciones y demostraciones.
Aún y cuando pueda parecer poco, cada uno de estos consejos puesto en obra es un buen inicio para cultivar la paz, primero en nuestras familias, y que de ahí se extienda a la sociedad.
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